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20.10.10

La muerte

Cementerios. En cualquier parte se encuentran esas fosas que tragan a los muertos. Las lágrimas por la pérdida, por la separación, por la partida, manchan todo rostro. En cada mesa, tarde o temprano, queda una silla vacía. Y en cada hogar, un puesto vacante. La muerte es la gran niveladora. Opulencia o pobreza, fama o anonimato, poder o inutilidad, éxito o fracaso, raza, credo o cultura, las distinciones humanas nada significan ante el irresistible paso de la guadaña que a todos derriba . Y en el caso de que el sepulcro que nos aguarda sea fabuloso como el Taj Majal, una pirámide monumental, o una tumba olvidada y sin desyerbar, o las indefinidas profundidades del mar, un hecho predomina: la muerte impera.
La muerte es la poderosa conquistadora, ante la cual todos somos inútiles. Tan sólo podemos agitar los puños en completa impotencia contra el sepulcro inexorable y silencioso. Pero las buenas nuevas son éstas: las muerte ha sido vencida; la vida y la inmortalidad han sido traídas a la luz. Una tumba vacía en Jerusalén es la prueba de ello.

Fragmento extraído de "El Evangelio del Reino" de George Eldon Ladd

14.9.10

¿En tu corazón o en tu bolsillo?

Había una vez un pueblo muy ocupado en "la lucha" por ganarse la vida. Tal vez por esta preocupación no vieron venir una tormenta terrible: empezaron a llover monedas de oro. Por supuesto, dejaron todo para juntar de rodillas las monedas.

Terminado el chaparrón, la gente descansó. Tenían sus casas llenas de monedas.

Al día siguiente nadie fue a trabajar, al segundo tampoco.

Al tercer día todos se levantaron y salieron de compras... pero estaba todo cerrado.

Fue entonces que pensaron que habían caído en una trampa, pero ¿cual?

Ese día una pareja recorrió las calles con un bebé enfermo, pidiendo ayuda. Y el médico, que venía aburriéndose soberanamente contando sus riquezas, sintió que estaba en su corazón y no en su bolsillo curar a los seres humanos. Entonces atendió al bebé.

Por su parte, el panadero se aburrió de contabilizar sus monedas. Presintió que estaba en él amasar el pan; y juntó el agua con la harina, muy feliz de la vida. Porque estaba en su corazón, no en su bolsillo, trabajar de panadero.

A la maestra le ocurrió lo mismo, y al panadero, igual.

Lentamente aquel pueblo ocupado en "la lucha" para ganarse la vida se puse un movimiento. Pero esta vez buscaron la actividad en su corazón, no en su bolsillo. Y todos se largaron a trabajar contentos. Con "desapuro" y autorrespeto.

¿Las monedas?

Ah, sí. Quedaron en los rincones, como testimonio de una vieja y siniestra equivocación de los hombres.


Extraído de "Terminamos de estudiar, ¿y ahora?" de Carlos Durán

"Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores." 1 Timoteo 6:10

16.7.10

Un viaje a través del universo

Pruebe usted dar una una caminata matemática dentro de la oscuridad profunda del espacio. Se comienza disparándose desde algún punto de la circunferencia de cuarenta mil kilómetros de la tierra. Ese tamaño es en sí difícil de comprender. Entonces se acerca al sol, una bola de fuego ardiente de un millón y medio de kilómetros de diámetro. Si el sol fuera del tamaño de una naranja, la tierra sería como un grano de arena.
Al viajar fuera del sistema solar, más lejos dentro del espacio, se ve que el sol que tanto domina el cielo no es más que sólo una estrella de tamaño mediano. Otras son tan grandes que podrían contener quinientos millones de soles del tamaño del nuestro.
Al trasladarse por el vasto y confuso campo de estrellas que conforman la Vía Láctea, hay que hablar de años luz (la distancia recorrida por la luz en un año a trescientos mil kilómetros por segundo) entre esos puntitos brillantes que parecen estar todos apretujados. Pero la verdad es que la distancia media entre las estrellas de nuestra galaxia es de cuatro a cinco años luz, lo que equivale a cuarenta y dos billones quinientos setenta y tres mil seiscientos millones de kilómetros. Y hay doscientos mil millones de estrellas remolineando a través de los espacios incomprensibles de la Vía Láctea.
Entonces hay que pensar en los miles de millones de otras galaxias esparcidas a través del universo observable.
Esas inmensidades desalientan el cerebro. Sin embargo, aun más extraordinario es el hecho de que todos esos cuerpos celestes viajan por sendas precisas y previsibles. No van dando tumbos por el espacio sin dirección y chocando unos contra otros. Incluso las galaxias viajan con su carga de estrellas en graciosas espirales. Hay un orden majestuoso para los movimientos en los cielos.
Nuestro planeta, por ejemplo, se mueve de varias maneras separadas y sincronizadas. Gira sobre su eje con precisión a mil seiscientos kilómetros por hora, y produce una buena mezcla de noche y día para modular el clima. La tierra también recorre su órbita alrededor del sol a treinta kilómetros por segundo, y su viaje de millones de kilómetros nunca varía más de una fracción de segundo.
También nuestro sistema solar está en movimiento, viajando en una órbita alrededor de la Vía Láctea. Se mueve, con precisión al ritmo de otros incontables grupos de estrellas, alrededor del centro de la galaxia, a doscientos noventa kilómetros por segundo. Y toda la Vía Láctea también viaja veloz por el espacio, llevando consigo miles de millones de estrellas en ese mismo viaje.
De alguna manera todo ese movimiento está sincronizado. Todas la órbitas dentro de sus órbitas se mantienen en la vía correcta, y en el tiempo preciso.

Si es que hay alguien que dirige las galaxias de seguro debe trascender a todas las capacidades humanas. Con su alcance indescriptiblemente inmenso, actuando en dimensiones infinitamente más allá de la nuestra.



Adaptado del libro "Vislumbres de Dios" de Steven R. Mosley